lunes, 20 de enero de 2014

El día que mutilaron al Kurupí

Transcurrieron quince días de la puesta en escena del espectáculo Noche de San Juan, del ballet oficial de la Fiesta Nacional del Chamamé en Corrientes y todavía la caracterización y sobre todo los atributos del Kurupí siguen levantando revuelo, despertando rechazos y defensas.

Como nunca en sus 24 ediciones de este festival se dividieron tanto las posiciones a favor y contra. Al igual, hacía mucho tiempo que nadie se refería tanto a este personaje de la mitología guaranítica.

Desde las posiciones más pacatas y críticas hasta los apoyos más acérrimos repercutieron a la misma velocidad en las redes sociales y a través del boca a boca entre los correntinos. Tanto es así, que cualquier persona que se encuentra y conversa con otra es inevitable que por estos días resurja el tema del Kurupí y la interpretación que hizo el director del ballet, el misionero Luis Marinoni, sobre el traje y la coreografía que estrenaron al tercer día de la Fiesta.



Es que para una de las escenas de la Noche de San Juan, donde las jóvenes hacen un juego tradicional para conocer el nombre del próximo candidato, aparece el personaje. Las persigue exhibiendo su famoso e inexorable pene sobre el escenario. Esta situación provocó críticas que se escucharon a través, incluso, de los periodistas que transmitían en vivo el festival chamamecero. Hay quienes argumentaron que no se trataba de un entorno adecuado para mostrar el genital masculino, justo donde se reúnen las familias.

Inclusive muchos de los que no presenciaron el espectáculo y que sólo vieron alguna que otra fotografía, también expresaron y calificaron de repulsivo al personaje, considerando inapropiada la forma en que se representó al mítico duende guaraní, haciendo hincapié en la escena en que el duende pasea su virilidad, destacándola por todo el escenario.

El escándalo por los “excesivo” del miembro viril del Kurupí -famoso justamente por el largo de sus atributos sexuales- derivó inclusive en amenazas de ir a la justicia para exigir que el director de ballet pida disculpas públicas a la moral ofendida de los ciudadanos correntinos.
Lo cierto es que para la presentación siguiente, unos días después del “escándalo”, el atribulado personaje aparecía directamente sin el miembro. Mutilaron el traje y de paso la leyenda, en nombre de las buenas costumbres y lo ofensivo que pudiera resultar para la vista del público. El Kurupí perdió su pene y de esta forma la esencia del mito.

Estos días leí y escuché tantas explicaciones en torno al personaje que fui a los libros en buscar de su historia, porque si bien todo el mundo se dedicó a opinar, nadie, y mucho menos los medios, destinaron espacio para contar en qué consiste verdaderamente el mito, es más fácil, rápido ofenderse, que tratar de entender qué fue lo que se puso en el escenario.

LA LEYENDA
En el libro “Mitos y leyendas guaraníes” del escritor paraguayo-correntino Girala Yampey, aseguran que el mito del Kurupí ya existía entre los indígenas de estas tierras, antes de la llegada de los españoles.
Cuando comenzó la conquista, Kurupí, constituía un motivo de tremendo temor entre los aborígenes y estaba instalado  entre ellos desde mucho tiempo atrás.

El nombre está compuesto por dos palabras guaraníes: kurú - grano, y pi -apócope  de pire - piel; es decir literalmente “piel con granos”, pero el sentido real, con el que se lo usa aquí es el de: piel rugosa, como la corteza  del árbol llamado precisamente kurupí.

Según Yampey, otro sentido semántico lo da León Cadogan: “homúnculo gritón”. En la zona brasileña se lo llama a este mítico personaje: Kurupíra. Y recuerdan el nombre dado a una liana selvática, rugosa y fuerte: kurupi rembo (pene de kurupí).

En los tiempos antes de la colonia, el duende o fantasma denominado Kurupí tenía fama de tenebroso y maligno, vengador tutelar del bosque, causante de muchas desgracias. Se lo describía -aún se lo describe- como un personaje que anda desnudo por la selva. Lleva su largo miembro viril arrollado a su cintura, tan largo que con él puede enlazar a sus víctimas. 

Los guaraníes lo percibían como un horripilante sátiro del mundo guaraní, aficionado al rapto de mujeres, a las que poseía y luego descuartizaba y devoraba. Quien se atrevía a rondar los bosques, podía toparse en cualquier momento, con el monstruo que causaba pavor. Su figura, deforme y salvaje, podía tomar cualquier otra apariencia, como la de un árbol de rugosa corteza o lo que al malévolo personaje se le antojara. De las víctimas quedaban solamente tripas dispersas por el monte.

Este ser sobrenatural infundía verdadero espanto entre los aborígenes. Con solo nombrarlo entre los avá kuéra, provocaba el terror de todos. Generalmente, su poder tenía presencia en los montes pero, en cualquier lugar, podría sorprender con sus terribles ataques de tremendas consecuencias.

DE SER MALIGNO A SÍMBOLO DE FECUNDIDAD
Sin embargo, con el correr del tiempo, el terrorífico y brutal Kurupí, adquirió otras características. Se transformó en el genio tutelar de la selva, los bosques y los campos. Se convirtió en lo que es ahora, un espíritu que colabora con la naturaleza en la tarea de la germinación, el crecimiento, conservación y maduración de árboles, chacras y animales.

Su temida fama había devenido en símbolo de fecundidad. De aquella antigua imagen terrorífica, detenida en el tiempo y el olvido, surgió otra, que es la de benefactora natural de todo lo creado.

Desde entonces, se lo describe como un ser ubicuo, cuyo andar se siente y se oye pero es muy difícil verlo. Puede transformarse en plantas o animales, a su capricho, o simplemente se vuelve invisible y vuela con el viento.

Se cree que si toca el vientre de una vaca, de esta nacerán mellizos y de mucho vigor. Si descansa en una chacra, ésta dará excelentes cosechas. Siendo un espíritu protector de toda la naturaleza sanciona los abusos y premia con buena caza o con cosecha abundante al de recto proceder.

El ser sobrenatural, feo y temido, camina con los pies al revés. Posee un larguísimo falo, arrollado a la cintura que puede ser usado como lazo para enlazar a sus víctimas. Tal vez, ese desmesurado miembro indique su poder germinal y sea un símbolo de fecundidad, réplica a la Vara Insignia (jasuka) de Ñanderuguasu (Nuestro gran padre).

El Kurupí habita en lo profundo del bosque, utilizando como morada el hueco de algún árbol añoso. Camina desnudo por los montes. Es e arquetipo de otros duendes o fantasmas sobrenaturales cuyas relaciones aparecen después con el transcurrir del tiempo (Jasy-jatere o el Pombero).

Del  ser el maléfico y aberrante, temido por sus poderes de destrucción y la brutalidad con la ejecutaba a sus víctimas en los primeros tiempos de su tradición, ha pasado a ser el cuidador de las cosas necesarias para la vida, el tutor de lo fecundo y lo útil. Mucho de lo que ocurre, las cosas buenas, y a veces las malas, son atribuidas a Kurupí.

De acuerdo con lo expresa Yampey en su libro, en la actualidad es poco nombrado o se lo hace en forma ambigua. La gente lo va olvidando y ya no lo identifica con sus características antiguas ni por sus cualidades posteriores. Hoy se lo confunde con las andanzas de la Póra o del Jasy-Jatere, a los que les prestó algunas de sus improntas. También se confunden las aventuras del Pombero con las del Kurupí. Pero lo cierto es que ellos tienen sus propias historias.

Lo cierto es que la crítica de un amplio sector de la sociedad correntina logró -aunque el director Marinoni lo niegue- que el personaje perdiera su miembro, al menos durante las tres puestas en escena posteriores en la Fiesta del Chamamé. El Kurupí no tuvo  más que exhibir que un traje de duende que dio vueltas sobre el escenario sin que se pudiera entender qué intentaba significar.

Las voces adversas señalaron: “exageración de la estupidez; obsceno; desagradable; de mal gusto; bizarro; horrible; falta de respeto a los niños; falta de respeto a los turistas; no es arte; es para un boliche nocturno marca XXX; burdo; vergonzoso; una grosería innecesaria; sobredimensionado; mamarracheada”. Mientras que los críticos a los críticos, los calificaron de: “pacatos; conservadorismo extremo; mentalidad estrecha; cerrados; hipócritas; exagerados; ignorantes; moralistas virtuales”, entre otros.

La verdad es que en Corrientes, en pocos días, tal vez quedó demostrado lo que bien expresa el prologuista del libro de Yampey, Bartomeu Melià -jesuita, lingüista y antropólogo español radicado en Paraguay- quien asegura que algunos de los mitos fundamentales de los guaraníes, que los indígenas escuchaban con alegre disposición, “ya nos resultan de difícil comprensión. Sin duda nuestra mentalidad se ha alejado bastante de aquella concepción de vida y nuestra cultura ya transita por caminos más áridos y prosaicos”.


Fuente: "Mitos y leyendas guaraníes", Girala Yampey. Editorial Manuel Ortíz Guerrero. 2003. Paraguay.
Fotos: Rasho Fotografías

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